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La Fundación tiene entre sus objetivos difundir el buen pilates y cuidar la salud y el bienestar desde la prevención. // 23 de Julio de 2014

Entrevista a Manuel Marín

“Soy un pilatero convencido, pero me pierde el chocolate”

Presidió el Congreso desde un escaño ortopédico por culpa de sus molestias de espalda. Retirado de la arena política, a sus 59 años ha cambiado acalorarse con las “grescas” de los diputados por sudar en el gimnasio. Allí alarga músculos piramidales, endurece abdominales y fortalece glúteos. Compagina ejercicios con docencia, profesor de Derecho en Alcalá. Magazine comparte una agotadora sesión de Pilates con Manuel Marín, un “atormentado hidalgo” que busca de madrugada algo que picar en la nevera.

Por Juan Carlos Rodríguez; Fotografías de Chema Conesa. MAGAZINE – El Mundo -

Son las ocho de la mañana y la primera clase del día ya ha comenzado en el Pilates Wellness and Energy, local dedicado a este sistema de entrenamiento en el madrileño barrio de Argüelles. Una cesta de manzanas verdes y una mampara decorada con motivos orientales evocan salud y armonía. Sin embargo, basta con contemplar el duro esfuerzo para sentir agujetas. A un cadencioso ritmo marcial, la monitora da enérgicas instrucciones a su alumno más madrugador: «Estiramos las piernas hacia arriba, metemos abdominales y dejamos caer el peso en el sacro. Cruzamos piernas, círculo, ¡arriba! Ahora inhalo atrás, meto el abdomen, exhalo y entro… ¡Perfecto, Manuel!». El disciplinado pupilo no es otro que Manuel Marín (Ciudad Real, 1949), ex presidente del Congreso (de 2004 a 2008) y político con una larga trayectoria como comisario europeo.

Pilatero convencido, –el mismo día de la entrevista aceptó ser presidente del jurado de la Fundación Pilates, que otorga cada año los Premios Salud y Bienestar–, a sus 59 años ejecuta con envidiable soltura los ejercicios del Reformer, un aparato provisto de poleas que a primera vista parece un moderno potro de tortura. «Es un lujo de alumno», comenta su monitora al término de la sesión. «Está siempre muy concentrado, se interesa mucho por la técnica y siempre quiere ir un poquito más lejos», añade.

Confirmado: Manuel Marín es «Perfecto Marín» –así le motejaba la prensa en su etapa de comisario europeo– incluso en el deporte. Perfeccionista hasta la última vértebra de su delicada columna, prefiere la planificación aunque por ello le tachen de conservador. «En política puedes tener ideas muy buenas, pero si no se articulan a través de un método de trabajo, suelen terminar en improvisaciones», asegura. No obstante, su éxito se ha debido a “un cúmulo de casualidades y circunstancias”. Las mismas que le han llevado a meterse en nuevos berenjenales: compagina las clases de Derecho Parlamentario en la Universidad de Alcalá de Henares con su cargo como presidente de la Fundación Iberdrola, elegido «por su experiencia internacional y la voluntad integradora». Como nuevo miembro del patronato del Museo Guggenheim de Bilbao canaliza su afición al arte. Comprometido con el medio ambiente y el cambio climático, saca tiempo para colaborar con el Observatorio de la Sostenibilidad en España (OSE). De carácter retraído, pero con innegable retranca manchega, Marín se confiesa un «mirón empedernido» y un «disfrutón» de la vida en soledad. Camino de los 60, se mantiene mental y físicamente en forma. Sólo confiesa un pecado: su adicción al chocolate.

- Supongo que lleva una vida más saludable desde que dejó el sillón presidencial del Congreso de los Diputados
- Durante la anterior legislatura ya hacía Pilates, pero estaba infinitamente más estresado que ahora. En aquellos cuatro años fue imposible poner de acuerdo a nadie, y se perdió mucho tiempo en balde. El trabajo me resultaba improductivo.

- ¿Feliz por haber dejado atrás las «broncas de medio pelo»?
- Sí, aquellas broncas me disgustaban mucho. En la política es necesaria la confrontación, pero una confrontación organizada, con reglas, en la que se respeten las formas. La política no puede ser la gresca por la gresca.

- Poca gente sabe que su silla presidencial era ortopédica.
- Sí, la llevé al Congreso por indicación del doctor Deglané, jefe de cirugía del Hospital Ramón y Cajal; no por gusto, porque estéticamente era horrible, pero a mí me permitía estirar la columna. En la zona del cóccix tengo tres vértebras que se rozan, lo que me producía unos dolores espantosos, porque me afectaba mucho al nervio ciático. Por aquella época me pinchaba, hasta que el doctor me dijo que no podía seguir haciéndolo. «O haces Pilates o terminas pasando por mi cuchillo», me amenazó.

- Y, claro, optó por la solución menos traumática…
- Empecé a practicarlo en 2002, tras reencontrarme con un viejo conocido de la Transición, el empresario Manuel Rodríguez Casanueva, que acababa de montar la cadena Pilates Wellness and Energy. Y como uno de los estudios me caía cerca del Congreso… Tras cinco años, soy un pilatero convencido. El Pilates me ha venido muy bien para alargar los músculos piramidales, endurecer abdominales y fortalecer los glúteos.

- ¿Su mujer ha apreciado esa firmeza en su anatomía?
- No creo, ja, ja, ja…

- Venga, no es ningún secreto que las mujeres se sienten atraídas por un buen culo…
- ¿Sí? ¿De verdad? Ja, ja, ja. Es una broma tuya, ¿no? (se hace el sueco).

- ¿Ha colocado a san Joseph Hubertus Pilates encima del televisor?
- Tanto como eso no, pero mi amigo Manuel, presidente la Fundación Pilates, me dio a leer los libros que escribió el fundador del método. En ellos encontré consejos de vida bastante saludables, aunque otros me parecieron tremendamente conservadores, como que el sexo está contraindicado para mantener una buena forma física. Yo creo que se equivoca..

- El pasado octubre, la Fundación Pilates celebró la 4ª Edición de los Premios Salud y Bienestar. En el acto entregó personalmente uno de los premios a la ministra de Defensa, Carme Chacón. ¿Qué méritos reunía?
- Todos. A ella le vino muy bien el método cuando se operó del ligamento, después de que se rompiera la rodilla intentando atar un barco en un canal de Francia. Y también lo practicó durante su embarazo, para fortalecer el suelo pélvico.

- En aquella entrega, usted improvisó un cómico número pilatero-castrense que provocó la carcajada del auditorio. ¿Ahora resulta que el «frío», «antipático» y «hosco» Marín es la alegría de la huerta?
- Ni una cosa ni otra. Lo que ocurre es que mi imagen pública está muy vinculada a mi anterior trabajo como presidente del Congreso. En ocasiones, si yo no me ponía un pelín autoritario, es que me comían. Además, disfruto mucho con la soledad, no me aburro estando solo: me gusta leer, pasear, el bricolaje, navegar por Internet… Si a eso añades que no hago una gran vida social, se puede pensar que soy una persona hosca.

- Su paisano José Mota, ex integrante de Cruz y Raya, ha comentado que los castellanomanchegos tienen una retranca muy peculiar. Ese humor, impregnado por la literatura de Quevedo, habría servido de tubo de escape a la sacrificada gente de esta tierra. ¿Comparte esta apreciación?
- Como Mota, yo soy de Ciudad Real. La Mancha, desde la democracia para acá, ha mejorado en muchos aspectos. Pero históricamente ha formado parte de esa España que ni respiraba. Y es verdad que la única forma que tenía de expresarse era aceptar una actitud de fatalismo. Mis amigos dicen que tengo un humor muy especial, y a lo mejor viene de ahí.

- ¿Es tan «Perfecto Marín» como dicen?
- Mis hijas me llaman Planosky, porque siempre estoy haciendo planes. Intento inculcarles que en esta vida hay que ser ordenado, tener un cierto sentido del método y una mínima voluntad de hacer las cosas bien. Yo creo mucho en el método y en el orden, aunque me tachen de conservador… ¡Como si la gente de izquierdas tuviera que ser desordenada! La frescura intelectual no tiene nada que ver con el desorden ni con la improvisación. Desde niño me lo debió enseñar alguien y me convenció.

- Fue elegido diputado a Cortes con 25 años y comisario europeo con 36. ¿Su «manía de pretender ser serio» se debió a que el éxito le llegó demasiado rápido?
- No, yo desconfío de esas personas que, desde siempre, han tenido muy claro lo que querían ser. Mi vida ha sido una casualidad tras otra.

- Como dicen en La Mancha, «ca uno es ca uno, y ca uno tiene su cauná»…
- Exacto. Un dicho popular que luego Ortega y Gasset convirtió en la célebre frase: «Yo soy yo y mis circunstancias».

- ¿Qué queda de aquel «hidalgo atormentado» –como le apodaba en sus comienzos la prensa anglosajona– que defendía a España en Bruselas?
- Ese estereotipo me lo colgó el Financial Times. En Bruselas, la capital de la UE, el cliché es algo permanente. La prensa británica vio en mí a un español de La Mancha, delgado, barbudo, y dijo: «Ya está, el hidalgo atormentado».

- En plena guerra de Gaza, conviene recordar que usted creó, en 1993, la Agencia de Ayuda Humanitaria de la UE y apoyó la recuperación de los territorios palestinos ocupados.

- En realidad, más que eso porque, como vicepresidente de la Comisión Europea, yo era responsable de toda la cooperación económica y financiera con la Autoridad Palestina. Trabajamos muchísimo en el proceso de paz palestino-israelí. A partir de 1989, con la caída del Muro de Berlín, empezó a utilizarse una expresión bellísima: «Es la hora de recoger los dividendos de la Paz». Venía a decir que había que poner fin a las guerras que asolaban el mundo, entre ellos, el conflicto israelí-palestino. Hicimos un plan de recuperación económica y social para el pueblo palestino y reconstruimos un viejo edificio como palacio presidencial de Arafat. Dormí allí invitado por él. El otro día pude ver por televisión que ese edificio estaba destruido, junto a parte del campus universitario, algunas escuelas, el aeropuerto y un barrio de viviendas sociales que construimos en Yankunis.

- Ha vuelto al campus (en 1999, tras dejar la UE, fue profesor en la Carlos III). ¿Qué tal ahora como docente en la Universidad de Alcalá de Henares?
- Estoy muy contento. Doy clases de Derecho Parlamentario, hago Medio Ambiente… De momento, los estudiantes son muy respetuosos conmigo. A veces hasta me aplauden al final de la clase. La docencia me ha obligado a reciclarme, a contactar con expertos de la UE, muchos de ellos amigos, para ponerme al día.

- Pero el primer día se sintió raro hablando…
- Al fin y al cabo, he sido el español que más había escuchado en los cuatro últimos años. Estaba un poco cohibido, porque la conferencia era en el Salón de Grados, el más grande de todos, y tenía a los alumnos de pie tomando nota.

- ¿Sigue siendo una persona tímida?
- Más que tímido, retraído. No me importa estar callado, y luego tengo un defecto importante: soy un mirón empedernido.

- ¿Cuáles serán sus retos como presidente de la Fundación Iberdrola?
- Mi objetivo es basar la Fundación de esta compañía, líder mundial en energía eólica, en las energías renovables. Cuando era comisario europeo fui el padre y la madre del programa Erasmus, y aquí quiero hacer un mini Erasmus en materia de renovables.

- Según Rajendra Pachauri, Nobel de la Paz 2007 y presidente del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU, «los escépticos deben irse del planeta». ¿Aznar, Rajoy y su primo se darán por aludidos?
- Hombre, tienen derecho a mostrarse escépticos, pero se equivocan. Yo creo que el cambio climático es una realidad científica más que demostrada. Hay que hacer algo, por lo menos mitigarlo.

- Hace 10 años se refería a la «horrorosa frontera de los 50». ¿Cómo contempla los 60?
- Eso lo decía con una enorme ironía, porque parece que a partir de esa edad ya no sirves para nada. Afronto los 60 en plena actividad. Tengo muchas canas, pero de momento no necesito Grecian 2000 ni abrótano macho (un crecepelo natural).

- ¿Mantendrá sus vicios favoritos: yogures, kiwis y chocolate?
- Cuando dejé de fumar engordé seis kilos, y a cuenta del chocolate he engordado otros dos estas navidades. Me pierde. A veces me levanto de madrugada y abro el frigorífico en busca de unas onzas de chocolate belga. Mi mujer dice que parezco un personaje maniático de Paul Auster.

- Dicen que el chocolate es sustitutivo del sexo.

- ¿Ah, sí? Pues a mí el cacao me resulta más apetecible que una escarola, ja, ja.

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